CARLOS ARRIBAS - Madrid - 23/03/2009 Como todos los genios, Mark Cavendish ha llegado a la cima muy joven, molestando, sin pedir permiso y haciendo ruido.
La cima, el objetivo máximo de un sprinter que pretenda que le tomen en serio, la alcanzó el británico el sábado en el bulevar Italo Calvino, de San Remo, con un despliegue atómico de velocidad y arrojo en los últimos 100 metros de los 298 kilómetros de la Milán-San Remo. Así lo vivió él, con el derroche de lágrimas, pura emoción desbordada, que ofreció nada más bajarse de la bici. Como Eddy Merckx cuando ganó la primera de sus siete primaveras en 1966, en su debut: tenía 20 años.
La juventud, que en su caso bien se podría afirmar que es un grado, no la indican los 23 años con que ganó la classicissima en su debut, sino los 22 con que se cobró sus primeras piezas en las volatas del Giro 2008. El ruido lo generan tanto sus despliegues de fuerza explosiva, su brutal capacidad de aceleración en poco espacio, como sus declaraciones, su gusto por la provocación, un afecto que no gusta nada ni a los poderes establecidos ni a los veteranos. "Una de las cosas más bonitas de la Sanremo ha sido en las subidas ver a Boonen recular hacia la cola del pelotón", dijo Cavendish, que respondía así a la descalificación previa del belga. "Cavendish es muy rápido, pero no pasa ni una tachuela", le acusaba Boonen, abundando en el chascarrillo que recorre los corrillos flamencos, donde el inglés pasa por especialista en el arte de agarrarse a los coches en las subidas.
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